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Quemaduras

  Como esas veces en que abrimos el horno para intentar meter (o sacar) algo. Con las manos desnudas. Pasando de las manoplas y los trapos y las escafandras de material ignífugo. A pesar de los doscientos cincuenta grados que el termostato advierte que hay en el interior, a pesar del metal candente que acecha por todos lados. A pesar de todo. Abrimos el horno y metemos dentro las manos desnudas. Sabiendo, incluso, que lo más probable sea que nos vayamos a quemar. Las metemos igual. Porque hay una voz interior optimista e irresistible que se empeña en decirnos: ¿Y si esta vez no? Supongo que algo muy parecido es lo que ocurre cuando nos enamoramos. Por eso siempre lo volvemos a intentar.

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